Historia de un pepe

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Pero no tenemos igual embarazo en calificar el sentimiento que había llegado ésta a concebir por Gabriel. Si aquello no era amor, amor rabioso, salvaje y bárbaro, no hay otro que pueda merecer semejantes dictados. La Tatuana no había amado nunca. Jamás había sentido lo que sentía por aquel hombre. Era como si se hubiera tragado la lava hirviente del volcán y circulara por todas sus venas. Conociendo perfectamente la imposibilidad de un matrimonio entre ella y el joven caballero, jamás había abrigado la más remota idea de ser su esposa; pero al figurarse que podía serlo otra, se apoderaba de todo su ser el infierno de la desesperación y de los celos. Dos o tres veces había amenazado a su cortejo con ir a ver a Matilde y decirle que si se casaba con Gabriel, la mataría.

Había dos personas que soplaban el incendio que abrasaba el corazón de la pobre mujer: su propia madre y Cristóbal de Oñate, interesados ambos en que se prolongaran el mayor tiempo posible aquellas relaciones por el provecho que les producían. La Manuelita no era interesada. Amaba a Gabriel con pasión salvaje; pero por su persona y no por el dinero que le daba, que no hacía más que pasar de sus manos a las temblorosas de la anciana y a las no muy firmes del medio viejo y estragado confidente de aquellos amores.


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