Historia de un pepe
Historia de un pepe Montejo, al oír decir «correo ganando horas, de Sonsonate», comprendió lo que podía ser aquello, y sus ideas tomaron una dirección muy diversa de la que llevaban pocos minutos antes. La mayor parte de su fortuna podía depender del contenido de aquella carta.
Fijó los ojos en Urdaneche con la más viva emoción. Advirtió que un ligero temblor, como convulsivo, agitaba los labios cárdenos del viejo negociante. La carta no tenía más que unas pocas líneas, sin duda, pues don Andrés la leyó en un segundo. En seguida la pasó a Montejo, diciendo:
—A usted le interesa esto tanto como a nosotros.
Montejo leyó lo siguiente:
«La fragata «Atrevida» ha llegado hoy. La expedición había sido denunciada. El cargamento entero está decomisado. Vea usted si puede hacer algo».
—¡Arruinados! —exclamó Urdaneche—, ¡arruinados sin remedio alguno!
Al decir esto, cayó a plomo y como herido por un rayo, con la cabeza sobre la carta de Cádiz que había dado origen a la agria cuestión con Montejo. Un ataque de apoplejía fulminante había puesto fin a la vida del anciano.
Montejo le levantó la cabeza y advirtiendo que estaba muerto, tomó la carta de Cádiz y la guardó; puso sobre la mesa la del corresponsal de Sonsonate y saliendo del gabinete, llamó a los criados de Urdaneche.