Historia de un pepe
Historia de un pepe 
Padre e hijo
El capitán Fernández condujo a la cárcel de la corte a Pie de lana, o sea don Juan de Montejo, y a los individuos de su cuadrilla que no habían perdido la vida o quedado heridos en la refriega. Ni don Juan ni Gabriel atravesaron una sola palabra desde la casa del escribano hasta la cárcel. El primero parecía tranquilo; el segundo caminaba con la cabeza inclinada sobre el pecho, como poseído del más profundo abatimiento.
Al llegar a la puerta de la cárcel, don Juan sacó del bolsillo un papel doblado y lo entregó a Gabriel.
—Hijo mío —le dijo—, quise retardar todo el tiempo que fuera posible la revelación de un secreto que sabía yo te sería penoso. El destino lo ha dispuesto de otra manera, y hoy es necesario que lo sepas todo. En ese papel encontrarás las pruebas de que no eres lo que tú mismo y la sociedad han creído. Sé que la espada de la ley va a caer inevitablemente sobre mi cabeza; pero más cruel aún que ese castigo, será para mí la consideración de que hoy no puedo legarte más que un nombre infame. Quizá no volveremos a vernos. Perdóname.
Los sollozos no le permitieron pronunciar una palabra más. Gabriel, muy conmovido, tomó el escrito y contestó a don Juan:
