Historia de un pepe

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—Sea lo que fuere —dijo, con el rostro bañado en lágrimas—, es mi padre, un padre que ha sido conmigo tierno y amoroso. Yo no soy ni puedo ser su juez; soy su hijo, y esto basta.

Dicho esto, tomó una pluma y un pliego de papel y con mano temblorosa trazó unas pocas líneas. Era un escrito dirigido al capitán general, en que pedía su licencia absoluta y devolvía el despacho de capitán.

Gabriel no se acostó aquella noche, pasando las horas que faltaban para que amaneciera el nuevo día, en la más violenta agitación. Como a las seis oyó que golpeaban la puerta de su cuarto. Abrió y se encontró con el negro Benito, que no pudiendo valerse de las manos, que tenía fuertemente atadas hacia atrás, había llamado con el pie. Mientras Gabriel le quitaba las ligaduras, le dijo el negro que la noche anterior, luego que lo habían atado por orden del alcalde, aprovechó un descuido de los agentes de policía que quedaron en el patio exterior, y fue a ocultarse a un lugar seguro, donde sin duda no pensaron en buscarlo. Gabriel informó brevemente a Benito de lo ocurrido, y le preguntó si sabía qué había sido de don Ramón. Contestó el negro que su amo no estaba en la casa cuando fue ocupada por la policía y por la tropa, y que era muy probable que se hubiera puesto a salvo.


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