Historia de un pepe
Historia de un pepe Con el interés que debe suponerse, leyó el papel que acababa de entregarle don Juan, que no era otro que la declaración, de puño y letra de don Fernando Fernández de Córdoba, que Montejo había recogido de la mesa de Urdaneche un momento después que éste había muerto. Vio Gabriel en aquel documento, cuya autenticidad no podía poner en duda, la prueba evidente de que no era hijo de Fernández. Tampoco tenía motivo para dudar de la verdad de la declaración hecha por Pie de lana y confirmada por Arochena, poco antes de expirar. ¡Era, pues, el hijo de un bandido! Tal fue la dolorosa convicción que desde aquel momento penetró en el ánimo de Gabriel. El dinero que había pasado por sus manos y que había derramado con tanta profusión, era fruto de las más vergonzosas e infames rapiñas. El joven, abrumado de dolor, apoyó la cabeza en sus manos, con los codos fijos sobre la mesa, recorriendo por segunda vez la espantosa revelación que contenía el documento. La extraña conducta de don Fernando dejó de ser un misterio para él. Recordó la manera fría, casi cruel en que procediera al marcharse del país y comprendió por qué no le había dirigido en tanto tiempo una sola carta. Gabriel recobraba su verdadero padre; pero ¡qué padre, oh Dios! Un hombre que estaba a punto de pagar sus crímenes en un patíbulo. Después de hacer esta desgarradora reflexión, se agolpaban en su espíritu, violentamente agitado, las repetidas pruebas de amor que le había dado aquel hombre que veló por él desde el momento en que lo abandonó Fernández, y se sentía inclinado a perdonarle el mal que le había hecho. Pensaba en que la ciega fatalidad lo había conducido a llevarlo a la cárcel, donde lo habían cargado de cadenas y de donde saldría probablemente para el cadalso, y la desesperación despedazaba su alma. La lucha fue terrible; pero triunfaron los buenos instintos en el corazón de Gabriel.