Historia de un pepe
Historia de un pepe —Hijo mío —decía el llamado Pie de lana—, es necesario que aceptes con valor esta prueba dolorosa y que el ejemplo terrible que se ofrece hoy a tus ojos te sirva en todo el curso de tu vida. No te desvíes jamás del sendero del deber. No busques la felicidad en los falsos bienes de este mundo y no olvides jamás que de nada sirven las riquezas, los honores, la consideración social, cuando falta la tranquilidad de la conciencia. Yo he consagrado mi vida a esos falsos ídolos, y no es ¡ay! sino hasta ahora, cuando me encuentro a las puertas de la eternidad, que comprendo toda la magnitud de mis faltas, y cuán erróneos han sido mis cálculos.
—Hay, —añadió con voz entrecortada por la emoción—, hay una mujer con quien he sido injusto y cruel, después de haberla arrastrado al abismo de la perdición. Es tu madre, pídele que me perdone y olvide todo el mal que le hice. Ámala, procura aliviar sus sufrimientos; paga por mí esa deuda sagrada. He ahí, hijo mío, el único y triste legado de tu pobre padre.
Dos lágrimas se desprendieron de los ojos de don Juan, las primeras que había derramado aquel hombre desde los días de su infancia. Gabriel le hizo la más solemne promesa de no abandonar jamás a su madre y de prodigarle toda la ternura de que era capaz su corazón.