Historia de un pepe
Historia de un pepe Tomada esta resolución, brotó naturalmente en el espíritu de Gabriel otra consideración en que no se había fijado hasta entonces, dominado como había estado por un solo pensamiento desde el instante en que supo quién era su padre. Pensó en su compromiso con Matilde Espinosa de los Monteros, y comprendió que la fatalidad lo había roto para siempre. ¿Querría ella, acaso, consentiría su familia en que fuese la esposa del que acababa de subir a un patíbulo afrentoso, acompañando al que le había dado el ser; del que cambiaba un apellido ilustre y respetado por un nombre cubierto de ignominia?
Hecha esta reflexión, Gabriel tomó una pluma y se disponía a dirigir una carta a don Pedro Espinosa de los Monteros, cuando entró Benito, y sin decir palabra, le entregó una esquela cerrada y sellada con un escudo de armas. Era el mismo en que estaba sellada la invitación que recibió Gabriel dos años antes para que concurriera al sarao en casa del alférez real. Presintiendo lo que contendría la misiva que tenía en sus manos, no pudo menos que comparar aquella época en que se había presentado a la multitud con el aparato deslumbrador del lujo, acompañando al que portaba el pendón del soberano, y al presente, en que acababa de darse también en espectáculo al pueblo sobre el estrado de un cadalso.
Abrió la esquela con mano trémula y leyó lo siguiente: "Al señor Gabriel N. Muy señor mío: