Historia de un pepe

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CAPÍTULO XXX

La madre y el hijo.

Cambio de situación

Después de haber estado expuesto en el patíbulo durante algunas horas, el cadáver de Pie de lana fue entregado a Gabriel, que cumplió el piadoso deber de darle sepultura. Volvió a su casa, y abrumado de dolor, se encerró en su cuarto, entregado a las más amargas reflexiones. Consideró cuán frágil cosa es eso que se llama felicidad humana, pues un día, unas pocas horas, habían bastado para destruir la que disfrutaba y para precipitarlo en el abismo de la desdicha. Estaba condenado a llevar sin culpa suya, un nombre infame, y lo helaba de espanto la idea de verse señalado con el dedo y designado con la horrible denominación de «el hijo del bandido». Pensó un momento en huir, en abandonar el país y buscar el olvido y la paz en algún rincón del reino a donde no pudiese llegar la triste historia a que estaba unido su nombre; pero inmediatamente surgió en su espíritu agitado el recuerdo de su madre, sola, abandonada, víctima de una enfermedad cruel, y recordó también la promesa que había hecho de velar por ella y de procurar hacerle más llevadera la existencia.

Consideró que lo primero que le correspondía hacer era buscarla y someterse a lo que ella dispusiera, como hijo sumiso y obediente.


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