Historia de un pepe
Historia de un pepe Llegada la fúnebre comitiva al pie del cerro del Carmen, donde se había erigido el cadalso, quitaron los grillos al reo, que subió con paso firme. Gabriel lo siguió, sin que se lo impidieran, pues había orden para que pudiese hacerlo, y en el momento en que el verdugo ponía el dogal al cuello del reo, el joven se hincó de rodillas y le besó las manos. La multitud presenció con recogimiento aquel espectáculo conmovedor. En el mismo instante partió un grito doloroso del grupo de gente que rodeaba el patíbulo. Una mujer que llevaba la cara cubierta con un velo, cayó sin sentido en brazos de una joven que la acompañaba. Don Juan se estremeció al oír aquel grito, que le hizo recorrer en un segundo la historia de una gran parte de su vida.
—¡Perdón, perdón! —murmuró en voz baja, tan baja que sólo Gabriel pudo escucharla. Un momento después todo había concluido. La justicia humana estaba satisfecha, y Pie de lana había dejado de existir.