Historia de un pepe
Historia de un pepe —Acepto con gratitud la propuesta, señor don Jerónimo —dijo Gabriel—, y procuraré desempeñar mis obligaciones con exactitud.
—Yo sé —contestó Rosales—, que usted ha sido un oficial muy cumplido, y el que lo es en una posición, debe esperarse que lo sea en otra. Queda usted colocado desde hoy mismo.
—Pero usted no conoce siquiera mi forma de letra —dijo Gabriel.
—Debe ser muy semejante a la mÃa —observó Rosales—, pues estuvimos en la misma escuela. Usted ha olvidado esta circunstancia. ¿No recuerda usted, añadió riéndose con una risa que tenÃa algo de extraño, de un muchacho cinco o seis años mayor que usted, a quien echó al suelo y golpeó porque lo llamó pepe?
—¿Fue usted acaso? —dijo Gabriel, a quien subieron los colores a la cara, al recuerdo de aquella insultante calificación, cuya justicia habÃa venido, por desgracia, a descubrir el tiempo.
—Yo mismo dijo don Jerónimo y si se lo recuerdo a usted, no es porque conserve el más pequeño rencor por lo que no fue sino una riña de muchachos. Es para que vea usted que lo conozco desde pequeñito y que debo interesarme por su suerte.