Historia de un pepe

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—Ciertamente —dijo Gabriel, sin comprender a dónde podía dirigirse la observación—. Por lo demás, añadió, creo que considerable o no, esa deuda se ha convertido en humo, como para los demás acreedores las que les corresponden.

—En eso —replicó don Jerónimo—, puede usted estar equivocado. La casa tiene créditos activos de gran cuantía y de no difícil cobro en las provincias del reino, en Lima y en Cádiz. Con alguna habilidad y tal cual empeño, podrían realizarse, y liquidado el concurso, alcanzar los acreedores de un cincuenta o un setenta por ciento de sus créditos.

Al decir esto, Rosales fijó sus ojos penetrantes en la cara de Gabriel, como si quisiera leer en ella la impresión que pudieran hacerle aquellas palabras. Pero sea que Gabriel no alcanzara el sentido oculto de la indicación, o ya que no le conviniera darse por entendido de ella, se limitó a contestar con mucha sencillez:

—Me alegro por los acreedores; pues, según he oído decir, hay entre ellos personas a quienes la bancarrota de la casa ha reducido casi a la miseria.

—Así es —replicó Rosales—. Conozco acreedor que está hoy en la más completa pobreza y a quien la liquidación del concurso haría rico de la noche a la mañana.


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