Historia de un pepe

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Encontró a la pobre joven bastante abatida y desmejorada. La fatiga física y moral de los siete días de gravedad de Gabriel, había dejado hondas huellas en la delicada organización de la hija del maestro de armas. Doña Catalina se alarmó al ver a su amiga tan pálida y desencajada, y le dijo:

—¿Qué tiene usted Rosalía? Usted sufre y me oculta alguna cosa. ¿No he sido yo completamente franca con usted? ¿No tengo algún derecho a su confianza? ¿Por qué no ha querido usted que Gabriel le vea en mi casa? Usted ha sido un ángel para él, como para mí, y se oculta de él, como si le hubiera hecho un agravio. Aquí hay algún misterio que no alcanzo y que es necesario aclarar. No prolongue usted más mis dudas.

—Señora —dijo Rosalía, con voz balbuciente—; ya que usted me lo exige, le diré lo que me había propuesto no revelarle jamás. Conozco tiempo hace a don Gabriel, y fue él quien…

—Concluya usted, por Dios, ¿quién qué?

—Quien me hizo perder mi tranquilidad y emponzoñó para siempre mi existencia.

—¡Gabriel! —exclamó doña Catalina fuera de sí—; (Gabriel un pérfido, un desleal, un ingrato al amor que usted le profesaba) ¡Esto es imposible!

—No lo culpe usted, señora —dijo Rosalía—. Yo no era la mujer que convenía a su clase y posición y debí haberlo visto a tiempo. Yo sola soy culpable.


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