Historia de un pepe

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Por eso fue que cuando volvió a verlo la de la camándula, le contestó que no había tenido tiempo de ver los libros, y le suministró una suma insignificante. Con este sistema de dilatorias y pequeñas dádivas la fue entreteniendo; y conversando con ella, tuvo ocasión de saber algunos pormenores acerca de la vida interior de su difunto tío.

Debemos decir ahora lo que pasó entre doña Catalina y Gabriel luego que la señora supo, de boca de Rosalía, que era éste el novio que la había dejado, faltando a un solemne compromiso. Apenada y confusa, llegó a su casa la hija de Urdaneche y encontró a Gabriel paseándose en la salita, entregado a sus cavilaciones. No quiso la señora abordar francamente la cuestión, y prefirió llegar por un rodeo al objeto que se proponía. Las mujeres menos avisadas tienen con frecuencia rasgos de habilidad diplomática que no son comunes aun en los hombres de talento.

—Dime, Gabriel —dijo doña Catalina, poniendo mano a un trabajo de costura en que estaba ocupada—, ¿quiénes son esas señoras doña Engracia y Matilde a quienes nombrabas con tanta frecuencia durante el delirio de la fiebre?

Un poco se turbó Gabriel con aquella pregunta inesperada; pero recobrando luego su serenidad, contestó:


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