Historia de un pepe

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Después de la conversación que acabamos de referir, de la que se guardó doña Catalina de decir una palabra a la hija del maestro de armas, Gabriel, completamente restablecido, volvió al escritorio de Rosales, donde trabajaba con ardor. Como la ocupación en el bufete del abogado le dejaba libre cuatro horas de día y además la noche, se dio a buscar con empeño otro trabajo en que pudiera ganar algo más y no tardó en proporcionársele. Uno de los oidores, recién llegado al país, solicitaba un joven de buenas costumbres y de alguna instrucción, que diera a un hijo pequeño que tenía, lecciones de escritura, y que le enseñara algo de matemáticas y de geografía. Gabriel creyó poder desempeñar el cargo y fue personalmente a ofrecerse. Por fortuna, el D. González (así se llamaba el oidor), no era hombre para quien la circunstancia de ser Gabriel hijo de un individuo que había muerto en el cadalso, fuese una razón para no admitirlo como maestro de su hijo. Le agradó el despejo de su inteligencia y sus buenas maneras, lo acogió con gusto, y le asignó veinte pesos mensuales, que Gabriel aceptó desde luego. El doctor tenía un hijo como de veintiséis años, capitán de artillería y una hija que contaba a la sazón unos diecisiete años, Paquita era una preciosa malagueña, que se había traído en los ojos el fuego del sol de Andalucía. Vivía también la esposa del doctor, señora que no llegaba aún a cuarenta años y cuya belleza severa contrastaba con la chispeante y traviesa fisonomía de Paquita.


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