Historia de un pepe
Historia de un pepe —Calma, hijo mÃo, calma —dijo doña Catalina—; repito que dejes eso a mi cuidado. RosalÃa no es orgullosa, pero es prudente, y además, se estima en lo que vale. No debemos herir su justa susceptibilidad; no crea que es el despecho el que te conduce a buscarla otra vez. Dejemos obrar al tiempo, repito, y entretanto procura adquirir los medios para hacer frente a las necesidades que trae consigo una nueva familia. Lo que ahora ganas basta para los dos; pero quizá no bastarÃa para tres. Trabajemos dÃa y noche, si es necesario, a fin de que te proporciones lo que será preciso para casarte. Entretanto, yo procuraré sondear a mi joven amiga y te diré francamente si puedes esperar, o si debes renunciar a ella para siempre.
—¡Renunciar! jamás —exclamó Gabriel—. Aguardaré un año, cinco, diez; lo que fuere preciso; pero no tendré un momento de tranquilidad mientras no sepa que RosalÃa consiente en ser mi esposa.