Historia de un pepe

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—¿Qué, lo duda usted? —dijo Paquita—; pues ya verá como el día menos pensado nos viene la noticia de que está en la cárcel. ¿Y no le parece a usted convidarlo para que venga por las noches a oír un poco de música? Apuesto lo que usted quiera a que don Gabriel puntea la guitarra y canta divinamente.

—Loca —dijo doña Clara—, ¿cómo quieres que convide yo a nuestra tertulia a un hombre a quien no conozco todavía ni de vista, y de quien lo único que sé hasta ahora es que es hijo de uno a quien han ahorcado?

—Razón de más para convidarlo —exclamó Paquita—; y si usted no lo hace, lo haré yo de parte de usted. Estoy cansada de ver únicamente en nuestras reuniones por las noches la peluca colorada del administrador general de rentas, la calva del regente, los bigotes canos del comandante del Fijo y de ver bostezar a las tres o cuatro viejas que vienen a tomar chocolate, a preguntar dónde amanece nuestro amo, y a hablar de enfermedades y de criadas. Quiero muchachos alegres, y si usted no los llama, yo haré porque vengan, nos divertiremos y si es necesario, le pegaré fuego a la ciudad.



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