Historia de un pepe

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—Ha muerto —dijo el jefe de la casa—, un caballero anciano, muy rico tío carnal de doña Catalina, dejando consignado en su testamento que se entregase esa suma a su sobrina, si es que vive, o a sus herederos, caso de que haya muerto y los tuviese. El albacea ha depositado los veinticinco mil pesos en la casa de nuestro corresponsal, con encargo de averiguar si vive la señora, o alguno que le represente. Como es público ya que doña Catalina existe, repito que la suma está a sus órdenes. Gabriel no volvía en sí de la sorpresa que le causaba aquella noticia. De donde no hubiera podido imaginarlo siquiera le venía una fortuna, que podía recibir sin escrúpulo. Agradeció el aviso al negociante y volviendo a su casa, participó la buena nueva a doña Catalina y a Rosalía, que estaban juntas, como sucedía frecuentemente. —Bendito sea Dios, hijo mío— exclamó la señora. —Ahora podré morir tranquila.

—Usted ve —dijo Rosalía a Gabriel sonriendo—, que ha prestado a un pagador muy cumplido, y que una acción buena suele tardar muy poco en obtener su recompensa.





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