Historia de un pepe

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—Por Dios —exclamó Rosalía, a quien aquellas palabras causaron, sin saber bien por qué, un gran temor—; por Dios, déjeme usted salir. Le ofrezco que la recompensaré y que ningún perjuicio se le seguirá por lo que ha hecho conmigo.

—Usted se irá mañana —contestó la vieja—; pero después que vea un rumbo de los nuestros. Eso no lo ven ustedes todos los días. Aguante por hoy, palomita, y mañana podrá volver si quiere, aunque un poco desplumada, a los brazos de su palomo.

La vieja infame se marchó y Rosalía volvió a quedarse sola, pasando así el resto del día.

Entró la noche. Rosalía comenzó a percibir movimiento en el interior de la casa. Llevaron algunas sillas y un sofá desvencijado a la pieza donde estaba. Como a las ocho volvió la vieja, puso unas cuantas botellas de aguardiente y una docena de vasos sobre una mesa. Encendió dos velas y abrió de par en par la puerta que daba a la otra pieza. Pronto comenzaron a entrar varias mujeres de la condición de las de la casa, que veían a Rosalía con curiosidad y se sonreían con malicia. No tardaron en aparecer unos cuantos jóvenes, que parecían ser de clase decente, por sus trajes, y a quienes Rosalía no devolvió el saludo que le hicieron. La infeliz parecía clavada en la silla. No hacía el menor movimiento, ni habría tenido fuerzas para hacerlo, aun cuando hubiera querido.


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