Historia de un pepe

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—Si no se trata —replicó la vieja—, de que usted o su novio dé un cuarto; el rescate de que le hablo es de otra clase. Usted ha hecho sufrir a mi pobre hija que es celosa como una pantera; ha caído en nuestras garras, pues no ha faltado una alma caritativa que formara el plan para cogerla, y ahora no se va, hasta que quedemos vengadas. Es tarde y voy a recogerme. Allí tiene usted la cama de mi Manuelita, que dormirá esta noche conmigo en el otro cuarto. Puede descansar en ella, si le acomoda; y si no, pasar la noche donde está.

Diciendo así, la vieja se marchó, dejando a Rosalía en la mayor aflicción. Como debe considerarse, no quiso hacer uso de la cama y pasó la noche sentada en una silla, entregada a las reflexiones más atormentadoras. Consideraba la pena de Gabriel, de su padre, de sus hermanitos y de doña Catalina, y al mismo tiempo le roía el corazón la idea, que no podía desechar, de que hubiese algo de cierto en lo que decían aquellas mujeres.

Amaneció el día siguiente. La vieja entró y presentó a Rosalía pan y chocolate; pero no tomó más que unos pocos bocados, de que tenía harta necesidad y unos tragos de agua.

—Esta noche —dijo la Tatuana—, tenemos bureo. Usted asistirá y verá lo que es bueno. Coma, para que tenga fuerzas, por si le dan tentaciones, como puede suceder, de tomar parte en la fiesta.


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