Historia de un pepe
Historia de un pepe Entre el grupo de jóvenes caballeros se vio luego, un hombre de alguna edad, grueso, vivaracho y cuya fisonomía habría revelado a un observador perspicaz los rasgos inequívocos de una perversión moral llevada hasta el cinismo. Era nuestro antiguo conocido el contador de diezmos Cristóbal de Oñate, promotor y alma de aquella fiesta. Menudearon las libaciones, y el alcohol no tardó en hacer su efecto. Los hombres se tomaban con la parte femenina de la reunión libertades que Rosalía no podía dejar de ver y que le sacaron los colores al rostro. A las once y media, la atmósfera de la pieza estaba saturada de carbónico, de humo, que despedían los cigarros y de emanaciones alcohólicas. Se oían gritos, carcajadas, palabras obscenas, y dominaba aquella baraúnda la voz ronca de la joven Tatuana, que parecía presa de una agitación febril. Pocos minutos antes de las doce, Oñate se acercó a una de las ventanas y entreabrió un postigo. En seguida se puso a un lado, como si quisiera evitar el ser visto desde la calle. Uno de los jóvenes se colocó junto a Rosalía, le dirigió algunas palabras que ésta no escuchó y el individuo pasó el brazo sobre el respaldo de la silla, que ocupaba la hija del maestro de armas, de modo que visto a cierta distancia, parecía que lo hacía descansar sobre los hombros de Rosalía.