Historia de un pepe
Historia de un pepe Dieron las doce. Gabriel estaba delante del postigo. Vio a Rosalía sentada junto a un hombre que le tenía echado el brazo sobre la espalda. No creyó en el testimonio de sus propios ojos; volvió a fijarlos en aquel grupo y no pudo ya dudar de la espantosa realidad. Era ella, la mujer a quien creía un ángel de pureza y de bondad, la mujer cuyas huellas habría besado, sentada en medio de una orgía y sufriendo la grosera caricia de un hombre.
El postigo se cerró violentamente. Gabriel desenvainó la espada, que llevaba ceñida a la cintura y apoyando la guarnición en el suelo, iba a darse muerte con su propio acero. Pero en aquel momento una mano vigorosa tomó el arma y la retiró, oyéndose al mismo tiempo una voz que exclamaba:
—¿Qué haces, insensato?
Era Hervias, que habiendo conocido desde cierta distancia a su amigo, se adelantó a una patrulla que lo acompañaba, pudo ver rápidamente lo mismo que vio Gabriel y llegó a tiempo de evitar que éste pusiera fin a su vida. Gabriel sintió que la sangre se le agolpaba a la frente, exhaló un gemido y cayó sin conocimiento en los brazos de su amigo.