Historia de un pepe

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No concurrieron a la ceremonia más que los padrinos, los testigos, que fueron Hervias y el licenciado Rosales, doña Catalina, el padre y los hermanos de Rosalía. El capitán Matamoros, de grande uniforme, muy limpio y acicalado, contó durante el almuerzo su campaña en Roatán, y tuvo suficiente dominio sobre sí mismo para conservarse en un término medio entre la sanidad y la embriaguez.

Al siguiente día se trasladaron todos a la labor que había comprado Gabriel, donde vivieron algunos años, disfrutando de la tranquilidad y de la ventura que es dado alcanzar en esta vida. El primer contratiempo que experimentó aquella familia fue la muerte de doña Catalina, que cerró los ojos a la vida, teniendo el inefable consuelo de abrazar a sus hijos y de imprimir un ardiente beso en la frente de una hermosa niña que acababa de dar a luz Rosalía y que tenía el mismo nombre de su abuela.

Poco tardó en seguirla don Feliciano, que murió en su ley; esto es, a consecuencia de un ataque cerebral que le sobrevino después de una temporada en que apuró un número de botellas mayor del que buenamente podía resistir.



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