Historia de un pepe
Historia de un pepe Había en aquella voz de mujer algo de profundamente triste y simpático que impresionó vivamente al joven. Estaba seguro de no haberla oído antes y sin embargo, parecía como si no le fuese enteramente desconocida. ¿Lo engañaría alguna semejanza casual? Probablemente.
Pasó el resto de la mañana preocupado con aquella idea. A la una volvió don Ramón, pidió la comida y se sentaron a la mesa él y Gabriel únicamente. El escribano parecía hombre comunicativo y de buen humor. Habló de diferentes cosas e hizo hablar a su joven huésped, preguntándole detalles sobre su infancia y vida en casa de sus padres y procurando inquirir con maña dónde había conocido a don Andrés de Urdaneche. Gabriel contestó con sencillez y franqueza a las preguntas de don Ramón, aunque contrariado por aquella risa indefinible que era como una monomanía de aquel hombre extraño.
Por la noche, como a las nueve, encerrado ya Gabriel en su habitación, oyó llamar a la puerta repetidas veces y pasos de personas que entraban y que parecían dirigirse a la pieza que llamaba el negro al escritorio. Contó hasta diez llamadas; pero vencido por el sueño, no supo ya cuántas fueron en realidad las visitas que recibió su huésped.