La hija del Adelantado
La hija del Adelantado Durante el día no se habló de otra cosa en la ciudad que del suceso inesperado que había interrumpido la ceremonia que iba a tener lugar en el Ayuntamiento. Los enemigos de Portocarrero, llenos de despecho, protestaban la inocencia de los acusados y suponían había sido preparada la escena de antemano por el Adelantado mismo, sin cuyo beneplácito, decían, no se habría atrevido Rodríguez a acusar de hechicería a dos sujetos tan principales, como lo eran el Tesorero del Rey y el Veedor Ronquillo. El Licenciado de la Cueva, aunque contrariado en sus planes, guardaba silencio y no parecía abrigar sospechas de la conducta de su hermano político. Doña Leonor, instruida de lo que había sucedido por uno de los pajes de su servidumbre, que fue al Ayuntamiento con el objeto de darle cuenta de lo que ocurriese, llamó inmediatamente a doña Juana de Artiaga y arrojándose en sus brazos, le refirió, con la más viva alegría, el desenlace inesperado de aquella astuta intriga tramada contra su amante. Las dos damas creyeron, sin la menor vacilación, el dicho del viejo Rodríguez y conferenciaron largamente sobre los medios que podrían adoptar para preservar a Portocarrero de un nuevo maleficio.