La hija del Adelantado

La hija del Adelantado

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A las nueve de la noche, dos hombres embozados hasta los ojos, se acercaban a la puerta de una casa de pobre apariencia, situada a la espalda de la iglesia de San Francisco, iglesia que se conserva hasta hoy, sirviendo de parroquia al pueblo de Ciudad—vieja. Llamaron a la puerta con cautela y se presentó una anciana, que habiendo reconocido a uno de los dos sujetos, les dio entrada, precediéndolos con un candil por el oscuro y estrecho zaguán que conducía al interior. Entraron en una sala, en la que se advertía cierto lujo, siendo los muebles ricos, aunque antiguos. La anciana dijo que avisaría a su señora, y desapareció, dejando solos a los dos caballeros, que tales parecían por sus trajes. A poco rato, abriose una puerta que conducía a una pieza interior y salió una mujer, que representaba treinta años de edad. Su estatura era un poco más que mediana; su cabeza, profusamente cubierta de cabellos negros; los ojos de igual color, regularmente apacibles, se iluminaban de vez en cuando con un brillo que tenía algo de salvaje; la nariz era recta y bien dibujada, y la boca, un poco grande, dejaba ver dos hileras de menudas perlas, al entreabrirse los labios de coral. Si los ojos de aquella mujer imponían miedo, su sonrisa, graciosa y atractiva, contrastaba con la expresión cuasi amenazadora de su mirada. Vestía un traje muy sencillo de tela de seda oscura, color que parecía haber sido elegido expresamente para hacer resaltar la blancura de la tez de aquella mujer, realmente encantadora.


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