La hija del Adelantado

La hija del Adelantado

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—No me habléis de vuestros bebistrajos, que los detesto; no sirven para nada.

Herido en su amor propio el interlocutor de la viuda, se medio levantó del sillón, y dijo con impaciencia:

—¡Mis bebistrajos no sirven para nada! ¡Y sois vos la que así habla! Vamos Agustina, que sois ingrata o desmemoriada. Ninguno mejor que la viuda del Capitán Cava puede dar fe de la virtud de las medicinas del médico herbolario Juan de Peraza.

Al escuchar aquellas palabras, cuyo oculto sentido no era sin duda un enigma para Agustina, esta perdió el color y cubriéndose el rostro con ambas manos, dijo en voz ahogada:

—¡Oh! para eso no niego la eficacia de vuestras yerbas, don Juan. Pero por Dios no hablemos ahora de esto; y perdonad si en la situación en que me hallo, he herido vuestro amor propio. Sé que sois un sabio, por tal os tiene la ciudad y a mí menos que a cualquiera me correspondía poner en duda vuestra consumada habilidad.

Aquellas palabras apaciguaron al irritable médico, botánico, o lo que fuese, y cambiando de estilo, dijo a Agustina:

—Pero ¿estáis cierta de lo que me decís?


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