La hija del Adelantado
La hija del Adelantado —Tan cierta, contestó la viuda, como que me lo ha referido el Secretario del Gobernador, Diego Robledo, que acaba de salir de aquí, habiéndome pedido una entrevista por medio del mayordomo, a quien, como sabéis, conozco tiempo hace.
Peraza volvió a alargar las piernas y apoyó de nuevo la cabeza en el respaldo del sillón, sin decir palabra, como reflexionando. La viuda, entonces, se puso a contarle, punto por punto, la anécdota del torneo y la conversación entre doña Leonor y el Adelantado, tal cual se la había referido el Secretario. Como la historia fuese un poco larga y el viajero estaba fatigado, habiendo caminado todo el día y parte de la noche, insensiblemente se fue quedando dormido, lo que no advirtió Agustina, sino cuando percibió la respiración agitada del herbolario.
—¿Me oís, don Juan?, preguntó con mal humor, y como no recibiese respuesta alguna, se levantó con impaciencia, y echando una mirada de desprecio al dormido, tomó la vela y se retiró a su alcoba, que cerró por dentro, dejando al don Juan solo y en la obscuridad.
Aprovecharemos la ocasión para dar a nuestros lectores alguna noticia del extraño personaje que dormía a pierna suelta en la sala de la viuda del Capitán Francisco Cava.