La hija del Adelantado
La hija del Adelantado —SÃ, don Juan, dijo Agustina, ignorando siempre que las palabras del médico encerraban un doble significado: todo eso deberé a vuestra admirable ciencia; estudiad, interrogad a la naturaleza y no descanséis hasta encontrar esa preciosa yerba.
—Júroos que asà lo haré, contestó Peraza, o he de ser muy desgraciado, o antes de ocho dÃas la habré adquirido ese tesoro.
Agustina se despidió del doctor, que volvió a quedarse entregado a sus reflexiones, aunque reanimado con la idea de proporcionarse la yerba poderosa por medio de la cual se harÃa amar de doña Juana. Propúsose, desde luego, hacer el experimento en Portocarrero, y cuando estuviese ya seguro del éxito, emplear el maravilloso secreto en la consecución del objeto de sus más ardientes aspiraciones.
Bajó uno tras otro los libros que formaban su pequeña biblioteca; leyó y releyó; examinó su colección de plantas y flores, y después de más de una hora de minucioso examen, arrojó despechado los volúmenes y los vegetales, diciendo entre dientes: