La hija del Adelantado
La hija del Adelantado —Nada, absolutamente nada. Estos libros no responden a mi ansiedad y estos miserables yerbajos permanecen tan mudos como ellos. ¡Oh! Yo arrancaré a la naturaleza avara sus secretos; lucharé con ella y mi perseverancia triunfará. SÃ, doña Juana, añadió en tono grave y amenazador; el hombre a quien desdeñasteis por humilde y oscuro, se levantará hasta vuestra altura por medio de la ciencia, y cuando ayudado por ella, hubiere yo doblegado vuestra altiva cerviz, comprenderéis que no debisteis despreciar al hijo del pechero. Paciencia y estudio; esta será en adelante mi pisa.
Dicho esto, volvió a colocar sus tomos en la estanterÃa; acondicionó las plantas cuidadosamente en los puntos que antes ocupaban y salió del gabinete, que cerró con dos vueltas de llave. Pasó a su dormitorio y cambió de traje, dejando el de camino y vistiendo un sayo de seda amarillo, gregüescos de igual tela y color, medias color de carne, capa escarlata, sombrero con plumas de variados matices y espada con empuñadura adornada con piedras. En aquel arreo, más chillante que vistoso, salió a la calle el médico herbolario, y tuvo que detenerse a cada paso con diferentes personas que lo saludaban cariñosamente y le daban la bienvenida, preguntándole nuevas de su expedición. El popular doctor correspondÃa a aquellas demostraciones de afecto y referÃa algunas generalidades acerca de la supuesta excursión cientÃfica que habÃa hecho en las montañas.