La hija del Adelantado

La hija del Adelantado

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Desembarazado al fin de los importunos, Peraza se dirigió a las Casas consistoriales; subió del primero al segundo piso; llegó a una puerta, en donde estaba situado un arcabucero que montaba la guardia, y siguiendo por una estrecha y tortuosa escalera, llegó a una especie de torre que formaba el tercer piso y constaba de dos piezas, comunicadas por medio de una puerta. En la que daba a la escalera estaba otro centinela, que lo mismo que el primero, retiró su arcabuz para dar paso al médico, como quienes tenían ya costumbre de franquearle la entrada.

Dos hombres estaban en aquella pieza. El uno, anciano como de sesenta años, sentado en el suelo, apoyaba la cabeza sobre sus rodillas; el otro, joven como de treinta años contemplaba con aire melancólico, por una ventana con fuertes rejas de hierro, que daba luz a la habitación, la elevada cresta de los volcanes. Ambos volvieron la cabeza al oír que entraba alguno. El anciano parecía quebrantado por la adversidad; el joven, por el contrario, dejaba ver en su semblante los rasgos característicos de una indómita energía. Eran los reyes de los Kachiqueles y los quichees, Sinacam y Sequechul, que sufrían, por espacio de trece años ya, una prisión que, muy dura al principio, había ido aliviándose poco a poco, aunque sin abandonar las precauciones que corresponde observar respecto a prisioneros de importancia.


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