La hija del Adelantado

La hija del Adelantado

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—No tengo yo dominios ni vasallos. Los Teules me lo quitaron todo. ¿No los ves? añadió, como delirando: allí vienen; monstruos que son la mitad hombre y la mitad caballo y traen espantosas serpientes que vomitan fuego. Padecen de un mal de corazón que se cura con el oro; dales oro y más oro, con tal de que me deje mi reino y no hagan daño a nuestro Dios, Chamalkan. El infeliz indio, atormentado con aquellos dolorosos recuerdos, se puso a derramar lágrimas como un niño.

El doctor sacó del bolsillo una redomita que contenía un licor amarillo color de oro; destiló cuidadosamente tres gotas en medio vaso de agua y lo dio a beber a Sinacam. Tomolo el Rey sin repugnancia, y Peraza, aguardando a que aquella medicina comenzase a producir su efecto, se retiró al otro extremo de la habitación, con Sequechul.

—Así pasa los días y muchas noches, dijo el joven con tristeza.

—Es necesario no omitir esfuerzo hasta lograr reanimarlo, contestó Peraza. Su nombre y su prestigio son indispensables para llevar a cabo la empresa. Su presencia levantará a los guerreros de su nación, que están prontos a morir por él. Las numerosas tribus del Quiché cuentan con vos, Sequechul; y todos están ansiosos de vengar los sangrientos ultrajes que han sufrido por espacio de quince años. ¿Cuál es vuestra resolución?


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