La hija del Adelantado
La hija del Adelantado
IENTRAS el pobre Robledo bramaba de coraje, al ver que la viuda lo había dejado preso, sin pensarlo, en aquel momento decisivo, ella y su compañero se dirigían hacia las Casas consistoriales; encontrando en diferentes puntos escalonados a los conspiradores, que habían acudido a cubrir los puestos que se les asignaran. El médico pasó sin obstáculo, mediante la seña y contraseña convenidas, y poco antes de las doce, llegó al pie de la torre donde estaban encerrados los Reyes. Dos embozados aguardaban allí, con tres caballos enjaezados. Peraza les habló en voz baja y los despidió, enviándolos a cubrir una esquina inmediata, y confió el cuidado de los corceles al fingido caballero que lo acompañaba. Despojose de su capa y de su espada, para estar más ligero, y conservó solamente una daga. Enseguida, comenzó a trepar por los andamios poco a poco, procurando a tientas afianzar bien los pies, pues la noche era obscurísima y la altura a que debía subir como de veinte varas. Llegó al fin a la cima sin contratiempo alguno. Con la daga cortó las cuerdas que ataban una tabla y la colocó entre la ventana y el andamio. Dio un ligero silbido, e inmediatamente desaparecieron los barrotes de la ventana de la torre, y salió el joven Sequechul, precediendo a su anciano compañero, a quien daba la mano, para ayudarlo a pasar el improvisado puente. Sin decirles palabra, Peraza fue descendiendo como una culebra, seguido de los dos Reyes. Habrían bajado unas diez varas, cuando se oyó a lo lejos un fuerte y agudísimo silbido, como el que se da con un silbato de metal. Peraza se estremeció, y dijo a sus compañeros: