La hija del Adelantado
La hija del Adelantado El médico quiso todavía disuadirla de su empeño; pero viendo que nada lograba, tomó su partido y salió de la sala, seguido de la disfrazada viuda. No bien hubo oído Robledo el golpe de la puerta de la calle que cerraron Peraza y Agustina, salió con presteza de su escondite, y tropezó con un objeto pequeño que llamó su atención. Era la llave de la papelera del herbolario, que Agustina había dejado caer al suelo, y que no recogió por olvido. Apoderose de ella don Diego, y se dirigió a la puerta de la calle, a toda prisa. Tiró del cerrojo, quiso abrir pero inútilmente. La viuda había tenido la precaución de dejar asegurada la casa, y había echado la llave. El Secretario bramó de coraje, y dio voces a la criada, que acudió inmediatamente.
—¡Una luz! gritó Robledo, trae una luz.
Llevó la vieja una bujía. Robledo vio que la puerta estaba con llave, y en su impaciencia quiso romper la cerradura con la punta de su daga. Empeño inútil. El arma saltó hecha pedazos. Don Diego cerró los puños y dio con ellos un golpe formidable a la puerta, que ni aun se conmovió; visto lo cual, gritó desesperado:
—¡Todo se ha perdido! ¡Maldición!