La hija del Adelantado

La hija del Adelantado

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—No, contestó el joven quiché con tranquilidad. Huye tú y sálvate. Yo seguiré la suerte de mi compañero; y se sentó resueltamente al lado de Sinacam.

—Pues quedad con todos los diablos, dijo el doctor impaciente, y montando en un caballo, mientras Agustina subía en otro, echó a correr seguido de la viuda. No habían andado cincuenta pasos, cuando se encontraron frente a un pelotón de arcabuceros, que gritaron «¡alto!» apuntando sus armas al pecho de los fugitivos. Peraza vio que era inútil toda resistencia, apeose del caballo, lo cual hizo también la viuda acercándose al que mandaba la partida de tropa, dijo:

—Estamos rendidos; haced de nosotros lo que más os plaza.

—Conducid a estos hombres, dijo entonces el que iba a la cabeza de los arcabuceros.

Al oír aquella voz harto conocida del médico y de Agustina, exclamaron ambos asombrados:

—¡Robledo!

—¿En dónde están esos perros indios? dijo el Secretario del Gobernador, dirigiéndose a Peraza.

—Allí, contestó el herbolario con indiferencia, al pie de los andamios.

Robledo envió diez soldados a prender a los Reyes y los condujeron, llevando entre cuatro a Sinacam, que bramaba de dolor.


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