La hija del Adelantado

La hija del Adelantado

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Allí había siempre un piquete de arcabuceros, que daba la guardia al Adelantado. El Secretario llamó al oficial, díjole lo que ocurría y tomó unos quince soldados, con los cuales se dirigió apresuradamente a las Casas consistoriales. Entre tanto, el oficial avisó al Gobernador, que se levantó en el acto, y tomando su espada, hizo llamasen la tropa del cuartel. Salió y acudió al Cabildo; pero por mucho que se apresuró don Pedro, cuando llegó, el activo Robledo había terminado la obra. Los Reyes y el doctor estaban presos y se buscaba, aunque en vano, a los otros conjurados.

Cuando hubo dejado bien seguros a los prisioneros, Robledo, con cuatro soldados, se dirigió a la casa del médico, que hizo le abriesen en nombre del Rey. Registró las habitaciones y llegó al estudio, estremeciéndose al encontrarse rodeado de las calaveras de hombres y animales que tapizaban las paredes. Con la llave que había recogido en casa de Agustina, abrió la papelera y tomó los paquetes que Peraza había recomendado tanto a la viuda, llevándose también la redoma que contenía el bebedizo. Las gentes que componían la servidumbre del herbolario fueron conducidas a la cárcel, lo mismo que el que servía inmediatamente a los Reyes en la prisión. Practicado todo esto, el Secretario del Gobernador, satisfecho de sí mismo y gloriándose en su interior de haber salvado el Reino, se retiró a su casa a descansar.


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