La hija del Adelantado
La hija del Adelantado Excelente pareció la idea al Secretario, y la habrÃa adoptado, aun cuando hubiera sido más peligrosa, tal era la impaciencia que tenÃa de salir. AsÃ, luego que estuvieron anudadas las sábanas por los extremos, las tomó, y dirigiéndose a toda prisa al corral, subió al amate y montado en el caballete de la pared, ató la punta de la soga en las ramas y fue deslizándose poco a poco del otro lado de la tapia. Desgraciadamente, tenÃa esta más elevación que el largo de las sábanas unidas, y cuando don Diego hubo llegado al extremo, quedaban aún sus pies a unas cuatro varas de distancia de la tierra. La posición era insostenible por mucho tiempo; pendiente de las sábanas, se le agotaban ya las fuerzas; oÃa al rÃo murmurar blandamente, debajo de sus plantas, como ofreciéndole seguro lecho en su arenoso cauce; hizo pues, ánimo, y soltando la soga, dejose ir, cayendo largo a largo en el manso y humilde Almolonga. El baño fue más general de lo que la vieja habÃa creÃdo, pero Robledo lo dio por bien empleado, al verse libre. Incorporose y saliendo del rÃo, completamente calado de agua, corrió hacia el Palacio del Gobernador.