La hija del Adelantado

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Así pasaron muchos días. Poco a poco fue recobrando doña Juana su tranquilidad y llegó a sospechar casi que la aparición del herbolario había sido una fantasía creada por su propia imaginación. Una noche se encontraba sola en el dormitorio, habiendo salido la doncella por un momento. La joven, sentada en un cómodo sillón, se había quedado adormecida, y repentinamente oyó un ligero crujido, como el del gozne de una puerta que se abre muy pocas veces. Abrió los ojos doña Juana y se encontró frente a sí, y como si hubiese salido de la tapicería, la misma figura del doctor que se le apareciera pocas noches antes. El horror la dejó sin movimiento bajo la mirada de Peraza, que fue acercándose a ella lentamente. Cuando estuvo a dos pasos de la joven, se detuvo y contemplándola con tristeza, dijo:

—Doña Juana, ¿no me reconocéis? Soy yo, el médico de Baeza, cuyo amor por vos no se ha extinguido con la muerte. Ella nos hace iguales, doña Juana; y ya que el mundo nos ha separado por sus necias preocupaciones, la eternidad, más justiciera, va a unirnos para siempre.





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