La hija del Adelantado
La hija del Adelantado Dicho esto, el médico subió lentamente la pequeña escalera que conducía al techo del sótano, levantó la pesada puerta y saliendo, cerró por fuera con un cerrojo que estaba perfectamente oculto, y con el cual no habría podido dar sino quien conociese aquel secreto.
El largo discurso del doctor, lejos de tranquilizar a doña Juana, sirvió únicamente para darle a conocer todo el horror de su situación, ignoraba absolutamente cuál era el sitio en donde se encontraba; sabía sí que estaba sepultada viva en las entrañas de la tierra, sin esperanza de auxilio humano y en poder de su implacable perseguidor. La pobre joven comprendió que no le quedaba otro arbitrio que poner su confianza en Dios; cayó, pues, de rodillas, y bañada en lágrimas, oró con fervor. Así acabó de pasar la noche, y al siguiente día, estaba aún en la misma angustiada situación. En un extremo del sótano se veía una cama, de la cual no hizo uso doña Juana, y no lejos del lecho, una mesa con manjares, que no quiso tocar.
Dos o tres horas después que había amanecido, se levantó la puerta del subterráneo y apareció el herbolario, que encontró a doña Juana arrodillada y fortalecida por la oración.