La hija del Adelantado
La hija del Adelantado —¿No os habéis acostado?, dijo el doctor, procurando dar a su voz una inflexión tierna y afectuosa. Mi solicitud ha provisto este encierro de cuanto ha sido dable obtener para haceros cómoda la vida. Resignaos, doña Juana, y no expongáis vuestra salud.
—Don Juan, contestó la joven con tranquilidad, la vida me es indiferente y prefiero mil veces la verdadera muerte a estar enterrada viva y a tener que sufrir la odiosa presencia del inhumano autor de mi desdicha.
Aquellas palabras no irritaron al herbolario, que las recibió como un desahogo natural de la impaciencia que causaba a la orgullosa dama el verse en poder de su desdeñado amante. Seguro de la posesión de doña Juana, confiaba en que el tiempo y la necesidad doblegarÃan su altivez y harÃan le concediese de grado lo que él creÃa poder obtener por fuerza. AsÃ, se sonrió al escuchar las amargas reconvenciones de la joven, y le dijo:
—Veo que no habéis reflexionado bien sobre lo que os dije anoche. El destino os ha puesto en mis manos doña Juana. Habéis de ser mÃa al fin; no me obliguéis a emplear la violencia.
—¡Jamás! contestó la joven con arrogante dignidad. ¡Jamás! Desprecio tus amenazas y desafÃo tu furor. ¡Miserable villano que pretendes abusar de la debilidad de una mujer! Yo tengo aquÃ, lejos del mundo y de los hombres, un defensor que no permitirá lleves a cabo tus perversos designios.