La hija del Adelantado

La hija del Adelantado

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Habiéndose hecho a la vela con buen ánimo y viento favorable, henchido el corazón de esperanzas lisonjeras y la imaginación de doradas ilusiones, el Adelantado siguió la derrota de las costas de Nueva España, teniendo necesidad de avocarse con el Virrey de México, don Antonio de Mendoza, con quien había concertado aquella expedición. Fondeó la escuadra, en el puerto de la Natividad, de la provincia de Jalisco, donde desembarcó el Adelantado; y después de algunas pláticas con dos emisarios que comisionó el Virrey, enviole a decir Alvarado era indispensable conferenciasen ambos personalmente. Mendoza salió de México y en un pueblo llamado Chiribito, de la provincia de Michoacán, se reunió con don Pedro, que había ido a encontrarlo en aquel punto. Después de haber hecho algunos arreglos y visitado el Virrey la escuadra, se volvieron juntos a México ambos personajes. Evacuados los asuntos que los llevaron a aquella capital, emprendió Alvarado la marcha de regreso, para embarcarse y continuar su expedición; pero al llegar al puerto, recibió un mensaje del Capitán español Cristóbal de Oñate, requiriendo con la mayor urgencia algún auxilio, por encontrarse en grande aprieto, sitiado de muchos escuadrones de indios rebeldes. Alvarado, pronto siempre a esa clase de empresas, no vaciló en proporcionar el socorro que con tan vivas instancias se le demandaba, y tomando de la armada cierto número de arcabuceros y ballesteros, se encaminó a Cochitlán, donde se hallaba Oñate. Hubo recios combates, y en uno de tantos, ocurrido el día 24 de junio de aquel año, (1541) se encontraba el Adelantado a la mitad de una cuesta muy empinada y pedregosa, por la cual trepaban los castellanos en persecución de los indios, refugiados en unos peñoles. Rodaban los caballos por la áspera pendiente, arrollando cuanto encontraban al paso. Alvarado vio venir sobre él precipitado uno de esos caballos; y a fin de evitar el choque, apeose del suyo y apartose a un lado. Por desgracia, el animal dio en el picacho de una roca, y rebotando, cambió de dirección y fue a dar precisamente al punto donde se había colocado don Pedro, quien no pudiendo esquivar el golpe, cayó armado como estaba, rodando cuesta abajo, hecho pedazos.


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