La hija del Adelantado
La hija del Adelantado Trasladáronlo a la ciudad de Guadalajara, a veintiuna leguas del lugar donde había sucedido la desgracia. «Por el camino, dice con ingenua franqueza Remesal, pensó muy bien sus pecados, y en llegando, se confesó como bueno y católico cristiano, llorando muchos yerros y crueldades pasadas y los agravios e injusticias que había hecho, así a los españoles como a los indios». Añade el mismo cronista que como se quejase mucho el Adelantado cuando estaban curándolo, uno de sus amigos le preguntó. «¿Qué es la parte que a Vuesa Señoría más le duele?» y que don Pedro respondió: «EL ALMA.» Probablemente el Adelantado, en aquel amargo trance, recorrería con el pensamiento los hechos todos de su agitada vida, la mayor parte de la cual había sido empleada en el ejercicio de las armas, en la conquista de estas indias, a donde vino cuando contaba apenas diez y ocho años. Valiente hasta la temeridad, ambicioso de gloria y de riquezas, generoso hasta rayar en pródigo, Alvarado tenía, con aquellas cualidades, los defectos consiguientes al siglo en que vivía. Fue cruel, inhumano y no siempre se mostró agradecido a sus favorecedores de haber hecho un papel muy importante en la conquista de México, sujetó estas vastas provincias y fue el fundador de la primitiva capital del Reino, estableciendo su gobierno y administración. Alvarado, después de haber recibido los sacramentos y dado poder al señor Obispo Marroquín y a su deudo Juan de Alvarado para que otorgasen testamento por él, murió, según toda probabilidad, el 4 o 5 de julio del año 1541, a los cuarenta y tres de su edad.