La hija del Adelantado
La hija del Adelantado —Es muy sencillo don Diego, contestó Agustina. El Adelantado sabe ya que tuve la imprudencia de acompañar a Peraza, disfrazada, la noche en que iban a evadirse los Reyes indios y me manda capturar como cómplice del delito de lesa Majestad.
El Secretario frunció las cejas y dijo:
—Eso es grave, y veo que no comprendéis todo el alcance de semejante cargo. Pero ¿quién puede haber hecho esa denuncia al Gobernador?, añadió; yo me he guardado de decirle una palabra sobre que os hubieseis mezclado en la conjuración.
—Preguntadlo a ese viejo, respondió Agustina, que es quien me lo ha dicho, mostradme la orden de prisión.
—Ya sospechaba yo, dijo Robledo como hablando consigo mismo, que el Adelantado daba a Rodríguez comisiones delicadas e importantes, recelándose de mí. Ese hombre es peligroso, añadió, y es necesario ponerlo en parte donde no pueda volver a usar de sus mañas. ¿Decís, continuó, dirigiéndose a la viuda, que tiene en su poder el mandamiento de prisión?
—Sin la menor duda, respondió Agustina; yo misma lo he visto; y a no ser que lo haya perdido como este papel, que sólo el diablo puede haberle arrancado, aún debe tenerlo en el bolsillo.