La hija del Adelantado

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—Bien está, dijo Robledo, con aire meditabundo. Afortunadamente, dentro de pocas horas van a cambiar las cosas y mi posición será aún más importante. A las diez de esta misma noche toma posesión del gobierno como Teniente de Gobernador don Francisco de la Cueva, que me debe ese nombramiento, y mi influencia no tendrá rival. Será mi primer cuidado el recompensar el celo del señor Pedro Rodríguez, estad segura de ello. Entre tanto, cuidad de que no vaya a escaparse.

—De eso yo os respondo, contestó Agustina. La puerta de la sala es fuerte, y aun cuando lograra salir de esa pieza, quedaría encerrado dentro de la casa, pues voy a echar la llave en cuanto os retiréis.

—¡Bah!, dijo D. Diego, que recordó probablemente la noche en que él mismo se había escapado por las tapias del corral. No os fiéis en que la puerta de la calle esté con llave. Cuidad de que no salga de la sala y nada más.

Dicho esto, Robledo, que tenía entre manos graves negocios, uno de ellos la posesión del Teniente de Gobernador, se despidió de Agustina, ofreciendo volver a la madrugada. Preocupado con las ideas que le dominaban, el Secretario dejó sobre la mesa del cuarto donde había tenido la conversación con Agustina, el papel que esta había firmado. Lo recogió la viuda y lo guardó cuidadosamente en su seno. Cuando iba ya a salir don Diego, volvió y dijo a Agustina:


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