La hija del Adelantado

La hija del Adelantado

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—Como tengo que venir hacia el amanecer; y acaso a esa hora vos y Margarita estaréis dormidas, me ocurre que me entreguéis la llave de la puerta de la calle, para abrir cuando vuelva, sin necesidad de llamar.

—Perfectamente, contestó la viuda, voy a darosla. Mas al decir esto, se quedó suspensa, y exclamó:

—¿Qué estoy diciendo, ¡necia de mí! si la llave está en mi alcoba, que comunica únicamente con la sala?

—Pues buena la hemos hecho, replicó Robledo, si ese hombre logra, por cualquier casualidad, evadirse de la sala.

—Eso no es fácil, dijo Agustina. Evacuad pronto vuestros negocios y volved cuanto antes.

El Secretario se marchó no poco inquieto respecto a la seguridad del prisionero, y Agustina, acompañada de la vieja dueña, autora indirecta y oculta de aquella maraña, se propuso pasar la noche en vela, aguardando la llegada de Robledo y atenta a los menores movimientos de Rodríguez.

Es tiempo ya de que nos ocupemos un poco de esto, y sobre todo de que expliquemos la manera en que el papel firmado por Agustina Córdova fue a parar tan pronto a manos de don Diego.


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