La hija del Adelantado
La hija del Adelantado Dijimos antes que no era inesperado aquel suceso, y fue así en efecto. Desde mediados de agosto se había esparcido, sin saberse cómo, la nueva de la terrible desgracia; pero no teniéndose un aviso cierto, no se le dio entero crédito, cuidándose de que no llegase el rumor a oídos de la esposa y de la hija de don Pedro. Las cartas del Virrey, dirigidas una al Ayuntamiento, otra al Teniente de Gobernador y otra al señor obispo Marroquín, confirmaron lo que la fama se había anticipado a pregonar, y produjeron en el vecindario grande alarma y consternación. El Alcalde hizo reunir el Cabildo, y en sesión secreta, se dio lectura al pliego del Virrey. Don Francisco de la Cueva y el señor Marroquín recibieron igualmente los que les estaban dirigidos, y ambos personajes quedaron abrumados bajo aquel golpe fatal. Armándose hasta donde les fue posible, de valor y de serenidad, encargáronse de la penosa comisión de anticipar el acontecimiento a la familia del Adelantado. Muy distante la desgraciada doña Beatriz de aguardar tan espantosa nueva, fueron inútiles las precauciones que su hermano y el venerable Prelado emplearon para prepararla. Las indicaciones vagas, al principio, y más significativas después, que se le hicieron, no fueron comprendidas, siendo necesario revelarle la catástrofe en toda su verdad. ¡Júzguese cuál sería el dolor de aquella infeliz señora, que amaba a su marido con idolatría! Diríase que había perdido el juicio, tal era su aflicción y los extremos que hacía. No fue menos viva la pena de doña Leonor, si bien su carácter no le inspiró las demostraciones que hizo la viuda del Adelantado. La joven, que acababa de probar la satisfacción más pura que en su vida había disfrutado, al ver en sus manos la prueba clara y convincente de la inocencia de su amante, comentaba con doña Juana la retractación de Agustina Córdova, y se disponía a enviar un mensaje a Portocarrero, pidiéndole le perdonase la injusticia con que lo había tratado. Su decidido empeño, desde que se retiró el buen religioso que le entregara el papel, era satisfacer a don Pedro y asegurarle su invariable afecto. La terrible nueva de que era portador el correo del Virrey de México, hizo lo olvidase todo, para pensar únicamente en llorar el fin prematuro y desgraciado de su padre.