La hija del Adelantado

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Una lágrima rodó lentamente por la mejilla de Alvarado, quien después de una corta pausa, abrió los brazos a su amigo, y lo estrechó con efusión contra su pecho.

—Habéis vencido, noble Portocarrero, dijo don Pedro; os he admirado grande frente al enemigo, y os admiro más grande aún, cuando vuestro corazón derrama esos tesoros de olvido y de perdón.

—El triunfo más difícil, don Pedro, contestó Portocarrero, es el que alcanzamos sobre nosotros mismos; y ese no lo obtiene el hombre, sin un auxilio superior. Don Francisco añadió, volviéndose al Licenciado, de la Cueva, disponed el día, el sitio, la hora y la forma de la satisfacción que debo dar a don Gonzalo.

—Todo está ya arreglado, dijo Francisco de la Cueva; en la galería alta de las Casas consistoriales lo reunirá la nobleza, y en presencia de ella y del pueblo, confesaréis vuestra falta y pediréis a Ronquillo que os perdone.

—Se hará como decís, contestó Portocarrero, con serenidad.

Dicho esto, don Francisco saludó cortés, pero fríamente, y salió del gabinete.

—Y bien, Portocarrero, dijo don Pedro, después de un momento de silencio; ¿cómo estáis hoy?


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