La hija del Adelantado
La hija del Adelantado —No, don Pedro, os engañáis; el Tesorero y yo hemos decidido, de entero acuerdo, que Portocarrero debe dar una satisfacción pública a Ronquillo.
El Adelantado se puso pálido al oír aquellas palabras; el asombro y el coraje se pintaron en su semblante. Sus ojos centellantes se fijaron en don Francisco, y con voz entrecortada por la cólera dijo:
—¡Por el alma de mi padre que eso no puede ser y no será! Vive Dios que os engañáis en la mitad de la cuenta, Señor Licenciado, si creéis que yo habré de consentir en la humillación del primero de nuestros capitanes. No puede ser, os digo, y no será. Llevaré el asunto y si necesario fuere, ante el Consejo, apelaré al Rey mismo como soberano y como caballero, y no habrá uno solo que se atreva a hacer que se ejecute esa inicua sentencia.
—Lo habrá, don Pedro, dijo a la sazón, abriendo la puerta del gabinete y entrando, con paso grave y semblante tranquilo, el mismo Portocarrero, que había podido escuchar las últimas palabras del Adelantado. Lo habrá, y soy yo, que agradeciéndoos en mi alma vuestra hidalga resolución, sé a lo que me obligan las leyes de la caballería y estoy pronto a cumplirlas. Don Francisco, dijo, tendiendo la mano al Licenciado, que la tomó, no sin ruborizarse; creo que habéis juzgado conforme a vuestra conciencia, y conozco mi deber.