La hija del Adelantado
La hija del Adelantado —Guárdeos Dios, don Francisco, contestó don Pedro, tendiendo la mano a su cuñado. DÃcenme que vuestra consulta sobre lo del torneo ha sido larga; tan larga, como si hubieseis estado tomando residencia a un buen Gobernador, pues lo que es a los malos, ya se sabe que se les despacha pronto y bien.
—Por más que os chanceéis, don Pedro, el negocio ha sido grave y merecÃa un serio examen.
—¡Bah! Una nueva fechorÃa de Ronquillo no es cosa que deba asombrar a nadie.
—La fechorÃa, don Pedro, dijo en tono grave el Licenciado, es más bien de vuestro amigo, que faltando a las leyes y costumbres de las justas, ha convertido su lanza en un garrote y ha usado de él contra un caballero igual suyo en linaje, tratándolo como a un villano.
—¿Y qué os parece, señor protector de truhanes, contestó el Gobernador, del desmán cometido por ese a quien vos llamáis caballero, hiriendo a un paladÃn a quien se habÃa caÃdo la visera?
—¡Oh! replicó don Francisco, muy mal hecho, si hubiese sido intencionadamente; pero eso no puede atribuirse sino a una casualidad.
—Llamadlo como queráis, hermano mÃo. Entre Portocarrero y ese hombre, nadie podrá dudar. Asà espero que habréis condenado a Ronquillo, por haber infringido las leyes de la caballerÃa.