La hija del Adelantado
La hija del Adelantado —Dicho esto, el Secretario volvió la espalda al mayordomo y se salió de la antecámara, sin mirar siquiera a la servidumbre, que le abrió paso respetuosamente.
—¡Redomado bribón!, dijo uno cuando Robledo hubo desaparecido.
—¡Sanguijuela insaciable!, exclamó otro.
—¿Sabéis, preguntó el caballerizo, que está vendido al Licenciado de la Cueva, y ha abrazado su partido con alma, vida y corazón?
—¿Y qué pretende don Francisco de ese hombre?
—¡Toma! ¿No veis que su influencia con el Adelantado y con el Ayuntamiento es grande, y habrá pronto que nombrar Teniente de Gobernador, cuando parta don Pedro a la expedición en busca de las condenadas islas de la EspecerÃa?
—Además, dijo el paje de cámara, dándose aires de poseedor de secretos que los otros ignoraban; hay otro negocio en que Robledo ayuda a don Francisco, aunque hasta ahora parece que el astuto Secretario ha majado en hierro frÃo.
—Al decir estas palabras, entró en la antecámara don Francisco de la Cueva, y sin hacerse anunciar, pasó al gabinete del Adelantado, por entre el grupo de familiares, que se inclinaron hasta el suelo.
—Buenos dÃas, don Pedro, dijo don Francisco.