La hija del Adelantado

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—Y sesenta pesos, concluyó Robledo. Ya ves que no es malo. Y como estos negocillos ocurren a menudo, podrás dotar bien a tu sobrina, la bella Melchora Suárez, camarera de la señora doña Leonor. A propósito, escúchame, Francisco; y llevando aparte al mayordomo, le habló el Secretario de modo que no pudo ser escuchado por lo demás de la servidumbre.— Necesito, dijo, hablar esta noche a tu sobrina. Iré a tu habitación a eso de las siete.

—Como mandareis, don Diego, contestó el mayordomo; pero dígoos que toda porfía es excusada. Melchora ha instado en vano y nada, absolutamente nada ha podido obtener. Ha recibido la prohibición más absoluta de hablar del caso.

—Dime, Alvarado, contestó el Secretario con trisca, ¿has leído la Mitología?

—Un poco, ¿y qué queréis decir?

—Quiero decir que recordarás que Júpiter, para introducirse en una torre en que estaba guardada la hermosa Dánae, recurrió al ingenioso arbitrio de convertirse en lluvia de oro.

—¿Y bien?

—Y bien que si hay en el mundo verdaderas Dánaes, como aquella fingida de los paganos, hay también lluvias de oro que allanen las resistencias.


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